Música dormida

Música dormida
Música dormida

16 jul 2018

Ondas, sonido y música.


TALLER: Vicente López, asesor científico del Parque de las Ciencias, explica en este taller qué es el sonido, cómo se propaga, qué es el timbre, los armónicos o la resonancia y cómo se comporta el sonido en tubos o superficies planas. Fecha: 2011. Duración: 18:54 minutos.







parqueciencias

11 jul 2018

Riccardo Muti - El Arte de la Dirección Musical

Discurso ofrecido por el director italiano Riccardo Muti al serle entregado el premio de Músico del Año 2010 de la revista estadounidense Musical América.







elaprendizdebrujo

5 jul 2018

BACH vive


Podcast presentado por Javier Cordero ahondando en la vida y obra de Johann Sebastian Bach.






https://www.spreaker.com/user/8162298

https://mx.ivoox.com/es/podcast-bach-vive_sq_f1252841_1.html

Fecha de creación en 2015

bachvive@gmail.com


3 jul 2018

Un acercamiento a la morfología musical.


Resumen: 

El presente artículo se ofrece como una iniciación al análisis musical. Para ello partiremos del análisis de una canción de Lennon-McCartney, aplicando los criterios y las funciones formales respectivas

Palabras clave: canción - morfología musical - estrofa - estribillo - interludio - coda - análisis musical - morfología musical.


Análisis musical

Cuando enseño a mis alumnos a analizar música, comienzo por temas musicales conocidos por ellos, para acercarles los conceptos básicos de morfología musical. Les sugiero que ellos traigan la música y juntos procedemos a escuchar y analizar los temas.

De este modo se pueden trabajar los criterios formales y las funciones formales. Para llegar a ello, se deberá pasar obligatoriamente por cuestiones melódicas, rítmicas, armónicas, tímbricas, de carácter, polifónicas, texturales, etc., recorriendo todos los componentes de la música. Saber analizar música puede ser una herramienta muy útil a la hora de musicalizar un audiovisual.


Las Formas musicales cristalizadas: La forma “canción”

Denominamos “forma musical cristalizada” a un patrón de composición que, con el transcurso de los años, se fue repitiendo y, en consecuencia, asentando y cuyas particularidades son lo suficientemente destacables como para considerarlo un “molde”. Una de estas formas clásicas es el “allegro de sonata”, sobre el cual no nos extenderemos. Otra de estas formas es la “canción”. Encontramos numerosos ejemplos de canciones, a lo largo de la historia de la música. Una canción es una
“monodia” con acompañamiento, es decir, una melodía para ser cantada por una sola voz y ser acompañada por otros instrumentos musicales.

En la Edad Media se destacaron los trovadores, que interpretaban numerosos tipos de monodias con acompañamiento, entre ellas la “balada”. La balada consistía en una sucesión de “estrofa”- “estribillo o copla”- “estrofa”- “estribillo o copla”, es decir que se sucedía una forma A-B-A’-B’-etc. Esta manera de organizar el discurso textual y musical es bastante antigua. En las estrofas se contaba la historia, es decir que el texto iba cambiando y, la copla, servía de remate, al repetirse siempre el mismo texto. Por lo general la copla era más breve que las estrofas. Esta forma de “estrofa-copla” se utilizó más adelante en la constitución de los villancicos renacentistas, pero habiéndose abandonado la monodia por la polifonía.

Expliquemos ahora, de qué se trata esto de “A-B”. Los criterios que se utilizan para analizar formalmente una obra son los de “permanencia”, “cambio” y “retorno”. Esto significa que, hasta que no escuchamos un cambio en la música se considera que se trata de una permanencia en la sección, que, si es la primera, denominamos A. Una vez producido el cambio -melódico, rítmico, armónico, tímbrico, temporal, etc.- señalamos a esta sección nueva como B. Y, al volver a escuchar la primera sección, la reconocemos como un retorno, es decir A’. Por más que la repetición sea exacta, se la considera una variante de la original porque la posición del oyente ya no es la misma: no es lo mismo escuchar algo por primera vez que escucharlo por segunda vez.

La monodia con acompañamiento volverá hacia 1607, cuando Monteverdi estrene su primera Ópera “Orfeo y Euridice”. El “aria da capo” será su exponente, con una forma A-B-A’, pero habiendo abandonado la terminología de “estrofa-estribillo”. La denominación “da capo” significaba que la parte A debía repetirse.

En el Romanticismo, surge otro ejemplo de canción monódica, el “lied” alemán. También se trataba de monodias con acompañamiento -preferentemente piano-, interpretadas por los ciudadanos burgueses de la época. Esta forma musical se componía de dos partes, a las que volveremos a denominar A y B, respectivamente. Una condición de esta forma lied es que la parte “A” debía repetirse, con lo cual, la forma resultante era A-B-A’, igual al aria da capo barroca.

En las canciones populares actuales, es decir de género melódico, rock, de nuestro folklore, etc., la primera parte, o sea A, se denomina “estrofa” y, la segunda parte, o sea B, se denomina “estribillo” o “copla”, retomando e integrando las denominaciones medievales y renacentistas esparcidas desde Europa central al Nuevo Continente. La variante que aparece en la actualidad es que, la forma de la canción es un poco más extensa es decir, A-B-A’-B-A’’, por dar un ejemplo.

Algo que debe mencionarse es el uso del texto en la música. En la balada medieval, dijimos que las estrofas variaban su texto pero la música era la misma y que la copla respondía al mismo texto y a la misma música y era más breve. Estrofas y estribillos se repetían varias veces. En la forma lied, existían también dos partes pero ambas de la misma duración, de allí las secciones A y B. La sección A se reexponía con el mismo texto. De este modo, la primera sección seguía ocupando un lugar de supremacía por sobre la segunda, ya que la repetición redoblaba su fuerza dentro de la obra. Es por estos detalles que se podía reconocer un aria o lied con sólo escuchar la primera parte.

En las canciones actuales, las estrofas llevan siempre la misma música pero va cambiando el texto. Es en ellas donde suele contarse la historia, como ya hemos dicho. En cambio, el estribillo, se repite siempre con la misma música pero también con el mismo texto. Es en él donde suele, generalmente, encontrarse el título de la canción. Es por este hecho que, en la actualidad, es más probable reconocer o recordar un tema por el estribillo que por su estrofa.

Desde ya que este es un análisis muy generalizado de la canción actual, ya que puede presentar infinidad de variantes en su forma y, en el apartado siguiente veremos cómo se complementan estas partes fundantes que son la estrofa y el estribillo.

Cabe destacar que, la diferencia que existe actualmente entre música popular y música académica o clásica no era tal hasta principios del siglo XX, donde la música elaborada era la música popular del momento. Esta aclaración se hace ya que se mencionaron ejemplos musicales que, en la actualidad, pertenecen a uno u otro género y, en su momento no era así.

Hasta ahora, se explicaron aquí los componentes básicos de una canción sin aludir a su organización temporal. Para ello se comentará el aspecto “funciones formales”, ya que, el orden en que aparezcan estos componentes tendrá que ver con requerimientos funcionales.


Funciones formales

Una vez identificadas las partes de la canción -desde los criterios formales de permanencia, cambio, retorno- estas pueden pasar a cumplir funciones diversas en el transcurso de la misma. No basta entonces con saber “cuándo” algo cambia sino que ahora debemos hacernos la pregunta “qué es” lo que estamos escuchando. Estos lugares serán determinados por la relación existente entre las secciones. Cada lugar tendrá una función dentro de la canción. Estas funciones son las de Introducción, Interludio, Coda, en un análisis básico.

Al iniciar un tema, probablemente escuchemos una introducción. La función original de la Introducción es presentar la obra, introducirnos en ella.

Hay que tener en cuenta que la introducción puede volver a aparecer durante el transcurso del tema. Pero si este fuera el caso, ya no estaría cumpliendo la función de introducción sino que se trataría de un momento en la obra con una función diferente, la de Interludio . Aunque sea exactamente igual a la introducción, el momento de la obra es otro.

Las funciones del Interludio pueden ser diversas: para separar secciones, para preparar al oyente para algo nuevo “a manera de introducción”, para crear expectativa, para que el solista muestre su virtuosismo, para capturar nuevamente o renovar la atención del oyente.

En nuestro folklore las danzas, como la zamba, la chacarera, etc., comienzan con una introducción, luego de las cuales aparecen dos estrofas y luego, un estribillo. Al final de esta primera parte hay una pausa, un silencio de espera y preparación. ¿Para qué? Probablemente para que los bailarines tomen posiciones nuevamente y se preparen para la segunda parte. Aparece entonces nuevamente la introducción, donde, en este caso, sí está cumpliéndose de nuevo la función de presentación de esa segunda parte. Un ejemplo exacto de esta forma es la zamba “Luna Tucumana” de Atahualpa Yupanqui.

La introducción también podría volver a aparecer al estar finalizando un tema musical. Allí, su función también sería diferente, en ese caso se trataría de una coda. Ahora bien, parra armar una introducción se pueden realizar infinidad de procedimientos. Si tomamos de ejemplo la canción “Can’t buy me love” de Lennon-Mc- Cartney, encontraremos que la presentación fue creada con partes del estribillo.

En “Can’t buy me love” el estribillo aparece cumpliendo la función de introducción. Pero no se interpreta completo, está elipsado, es decir, que sólo escuchamos los versos que dan título al tema, dos veces. Sólo basta uno de estos versos para saber de qué canción se trata, por eso este tipo de elipsis es además, una sinécdoque. Este hecho ayuda a distinguir que su función no es de copla. Su función es la de presentar el tema. ¿Pero cómo podemos saber esto desde el comienzo de un tema musical? No podemos, para analizar una obra es necesario escucharla completa varias veces antes de sacar alguna conclusión. Para saber qué función cumple una sección dentro de una obra es necesario saber qué se escuchó antes y qué la sucedió inmediatamente después. Una vez que realizamos este procedimiento, podemos saber, que, en “Can’t buy me love” luego de esa introducción, aparecen dos estrofas y aparece entonces sí el estribillo completo, cumpliendo su función. Un estribillo también puede ser interpretado instrumentalmente -completo o en partes- y cumplir la función de introducción si está al comienzo, de interludio si está entre secciones o de coda, si está al final.

Por ejemplo en “Can’t buy me love”, el estribillo, al final de la canción, es cantado una última vez pero el acompañamiento es completamente diferente al que se utilizó cuando cumplía la función original de estribillo. En esta última interpretación se vuelve muy percusivo. Además, se realiza la misma elipsis que cuando se lo presentó como introducción.

Existen numerosas formas de mostrar que un tema está terminando. En algunos casos se “rallenta” el último verso para señalar que algo va a suceder: que la música se está deteniendo porque está llegando a su fin.

En otros casos se repite nuevamente dejando de cumplir la función de estribillo para cumplir la de coda. Esta repetición es generalmente enfatizada en la interpretación, como si se le diera un “remate” a la obra.

Si el estribillo se repite varias veces hasta perderse, determina que ya no se va a mostrar nada nuevo y que la obra se estaría “despidiendo”.

Cabe aclarar aquí que lo expuesto hasta ahora para el estribillo puede suceder exactamente igual para las estrofas, es decir, que dejen de cumplir su función de contar la historia para pasar a ser una introducción, un interludio, una coda.

En las canciones actuales de géneros como el rock, pop, entre otros, es común encontrar una estrofa única y que no se repetirá, es decir, una sección C. Esta “Interpolación” puede tener varias funciones. Algunas pueden ser similares a las del interludio: volver a capturar o renovar la atención del oyente, llevándonos a otro lado momentáneamente.


Forma canción

En el caso de “Can’t buy me love”, de Lennon-McCartney, la forma estaría seccionada en dos partes, pero las funciones de los elementos intervinientes comienzan a complejizarse.

Como introducción encontraremos el que luego sabremos que es el “estribillo”. Cuando aparezca cumpliendo esta función notaremos que, para la introducción se le aplicó un recorte, una elipsis. Repetimos la necesidad de escuchar una obra varias veces para analizarla, ya que el único modo de saber algo acerca de un fragmento musical es conociendo qué se escuchó antes y qué se escuchó después.

Ambas secciones de esta canción, estarían separadas por un interludio y no por una pausa como en el caso de una zamba. Este interludio podría hacer las veces de “separador” entre dos partes, ya que luego volverá a aparecer el estribillo, con la elipsis, como al comienzo. Esta segunda parte podrá considerarse que inicia desde el interludio o desde la que, en este caso es la introducción de la segunda parte, es decir. Puede considerarse como inicio de esta segunda parte el interludio, porque es un elemento nuevo que parece llevarnos hacia otro lugar. La ambigüedad, durante el análisis de una obra musical, se hará siempre presente.

En la primera parte, que podemos denominar A, hay repetición de los elementos, de las estrofas específicamente. Este es un recurso musical, utilizado desde hace siglos, que permite que el oyente retenga mejor los temas que formarán parte de la obra. Recordemos, ya que estamos, que la repetición de un fragmento musical, por más exacto que sea al fragmento anterior, nunca será percibido por el oyente del mismo modo. No es lo mismo escuchar la primera estrofa luego de la introducción que escuchar la segunda estrofa luego de la primera. Con esto quiero decir que, el significado de cada parte será dado por lo que haya sonado antes o por lo que suene después. Incluyo en esta cuestión de la recursividad, a los silencios que pueden presentarse durante una obra: no es lo mismo escuchar algo antes de lo cual hubo silencio que escucharlo de nuevo luego de una sección sonora.

En la segunda parte de “Can’t buy me love”, que podemos denominar B, los elementos son los mismos que en la primera parte, pero sin repeticiones y con el agregado del interludio. En esta segunda sección, la estrofa ya no se repite y el estribillo está en función de coda, lo que hace que la sección sea más breve que la primera, aunque, auditivamente, quedan perfectamente equilibradas. El equilibrio se dará porque en la primera sección se presentan todos los elementos de la canción. El tema sobre el que tratará la obra y las dos partes musicales principales: estrofa y estribillo. Hay mucha información. Pero al tener esta sección tres estrofas, esta redundancia sobre uno de los elementos, se reduce el nivel de incertidumbre producido en el oyente acerca de lo que vendrá. Además, en esta primera sección se presenta el estribillo completo, se le interpola un verso más, que durante la introducción no apareció. Esa elipsis inicial o interpolación posterior -depende cómo se desee interpretar la que se realiza con el estribillo, apenas será registrada en el todo que es la canción. Por este motivo es que denominamos a esta elipsis, sinécdoque, por ser, ese verso inicial, representativo de toda la obra. Recordemos, además, que se trata de un tema musical bailable. A no ser que nos pongamos a analizarlo como estamos haciendo en este momento, muchos elementos nos pasarán inadvertidos. Pero si estos elementos no estuvieran, alterarían todo este equilibrio del que estamos hablando.

La duración de ambas secciones es casi la misma. El interludio de la segunda parte equilibra la ausencia de las repeticiones de las estrofas, como ocurriera en la primera parte. Estas dos secciones podrían articularse desde la tensión en el tono muscular. En la primera parte se exponen los temas y la incertidumbre acerca de lo que va a venir es mucha. Esta sección es de “tensión”. La segunda parte repite la introducción y la estrofa, es decir que nos encontramos en un universo ya conocido, por lo tanto, la tensión se va relajando, con lo cual se podría decir que esta sección es de “reposo”.


Conclusión

Para analizar una canción lo importante es reconocer primeramente los criterios formales, es decir, permanencia, cambio y retorno. Luego remitirnos a la organización temporal de donde extraeremos las funciones formales de cada sección.

Si se desea empezar a analizar temas musicales, se sugiere comenzar por canciones sencillas ya que el texto es una fuerte guía de la audición. Luego, paulatinamente se podrá pasar a analizar temas puramente instrumentales. Una vez reconocidas las partes de una obra y sus funciones, pueden aplicarse a la musicalización de audiovisuales con mayor conocimiento de los elementos que se están aplicando al mismo.

Se sugiere acompañar el análisis de un tema musical con un marco histórico apropiado para enriquecerlo. Esto también ayudará al musicalizador a aplicar más acertadamente la selección de obras al audiovisual.


Referencias bibliográficas:

Eiriz, C. (1996) “Diseño curricular y música”, Bs. As.: Editorial Ricordi.

Suarez Urtubey, Pola (1994) “Breve historia de la música”, Bs. As.: Editorial Claridad.

Abstract: This article is offered as an introduction to musical analysis. We will begin from the analysis of a Lennon-McCartney song, using the criteria and respective formal functions.

Keywords: song - verse - chorus - interlude - coda - musical analysis - musical morphology.

Resumo: O presente artigo oferece-se como uma iniciação à análise musical. Para isso partiremos da análise de uma canção de Lennon-McCartney, aplicando os critérios e as funções formais respectivas.

Palavras Chave: canção - estrofa - estribilho - interludio - coda - morfología musical - análise musical.

Un acercamiento a la morfología musical. fue publicado de la página 103 a página106 en Reflexión Académica en Diseño y Comunicación NºXXIII



(*) Griselda Labbate: Profesora Superior en Educación Musical egresada del Conservatorio Municipal de Música Manuel de Falla, donde además se perfeccionó en Canto y composición. Posgraduada en Semiología Musical (U.B.A.), en Retórica Musical y en Dirección Coral (I.U.N.A.).

1 jul 2018

El susurro del Lenguaje.

Del artículo llamado: El susurro de la Lengua

La palabra es irreversible, ésa es su fatalidad. Lo que ya se ha dicho no puede recogerse, salvo para aumentarlo: corregir, en este caso, quiere decir, cosa rara, añadir. Cuando hablo, no puedo nunca pasar la goma, borrar, anular; lo más que puedo hacer es decir "anulo, borro, rectifico", o sea, hablar más. Yo la llamaría "farfullar" a esta singularísima anulación por adición. El farfulleo es un mensaje fallido por dos veces: por una parte porque se entiende mal, pero por otra, aunque con esfuerzo, se sigue comprendiendo, sin embargo; no está realmente ni en la lengua ni fuera de ella; es un ruido de lenguaje comparable a la serie de sacudidas con las que un motor nos hace entender que no está en condiciones; éste es precisamente el sentido del gatillazo, signo sonoro de un fracaso que se perfila en el funcionamiento del objeto. El farfulleo (del motor o del individuo) es, en suma, un temor: me temo que la marcha acabe por detenerse.

*

La muerte de la máquina puede ser dolorosa para el hombre, cuando la describe como la de un animal (véase la novela de Zola). En suma, por poco simpática que sea la máquina (ya que constituye, bajo la figura del robot, la más grave amenaza: la pérdida del cuerpo), sin embargo, existe en ella la posibilidad de un tema eufórico: su buen funcionamiento; tememos a la máquina en cuanto que funciona sola, gozamos de ella en cuanto que funciona bien. Ahora bien, así como las disfunciones del lenguaje están en cierto modo resumidas en un signo sonoro: el farfulleo, del mismo modo el buen funcionamiento de la máquina se muestra en una entidad musical: el susurro.
*

El susurro es el ruido que produce lo que funciona bien. De ahí se sigue una paradoja: el susurro denota un ruido límite, un ruido imposible, el ruido de lo que, por funcionar a la perfección, no produce ruido; susurrar es dejar oír la misma evaporación del ruido: lo tenue, lo confuso, lo estremecido se reciben como signos de la anulación sonora.

Así que las que susurra son las máquinas felices. Cuando la máquina erótica, mil veces imaginada y descrita por Sade, conglomerado "imaginado" de cuerpos cuyos puntos amorosos se ajustan cuidadosamente unos con otros, cuando esta máquina se pone en marcha gracias a los movimientos convulsivos de los participantes, tiembla y produce un leve susurro: en resumen, funciona, y funciona muy bien. Por otra parte, cuando los actuales japoneses se entregan en masa, en grandes salas, al juego de la máquina tragaperras (que allá se llama Pachinko), esas salas se llenan del tremendo susurro de las bolas, y ese susurro significa que hay algo, colectivo, que está funcionando: el placer (enigmático por otras razones) de jugar, de mover el cuerpo con exactitud. Pues el susurro (se ve en el ejemplo de Sade y en el ejemplo japonés) implica una comunidad de los cuerpos: en los ruidos del placer que "funciona" no hay voces que se eleven, guíen o se separen, no hay voces que se constituyan; el susurro es el ruido propio del goce plural, pero no de masas, de ningún modo (la masa, en cambio, por su parte, tiene una única voz y esa voz es terriblemente fuerte).

*

Y en cuanto a la lengua, ¿es que puede susurrar? Como palabra parece ser que sigue condenada al farfulleo; como escritura, al silencia y a la distinción de los signos: de todas maneras, siempre queda demasiado sentido para que el lenguaje logre el placer que sería el propio de su materia. Pero lo imposible no es inconcebible: el susurro de la lengua constituye una utopía. ¿Qué clase de utopía? La de una música del sentido; por ello entiendo que su estado utópico la lengua se ensancharía, se desnaturalizaría, incluso, hasta formar un inmenso tejido sonoro en cuyo seno el aparato semántico se encontraría irrealizado; el significante fónico, métrico, vocal, se desplegaría en toda su suntuosidad, sin que jamás se desgajara de él un solo signo (naturalizando esa capa de goce puro), pero también -y ahí está lo difícil- sin que el sentido se eliminara brutalmente, se excluyera dogmáticamente, se castrara, en definitiva. La lengua, susurrante, confiada al significante en un inaudito movimiento, desconocido por nuestros discursos racionales, no por ello abandonaría un horizonte de sentido: el sentido, indiviso, impenetrable, innominable, estaría, sin embargo, colocado a lo lejos, como un espejismo, convirtiendo el ejercicio vocal en un doble paisaje, provisto de un "fondo"; pero, en lugar de ser la música de los fonemas el "fondo" de nuestros mensajes (como ocurre en nuestra Poesía), el sentido sería en este caso el punto de fuga del placer. Y del mismo modo que, cuando lo atribuimos a la máquina, el susurro no es más que el ruido de la ausencia de ruido, igualmente, en relación con la lengua, ese susurro sería ese sentido que permitiría oír una exención de los sentidos, o -pues es lo mismo- ese sin-sentido que dejaría oír a lo lejos un sentido, a partir de ese momento liberado de todas las agresiones, cuyo signo, formado a lo largo de la "triste y salvaje historia de los hombres" es la caja de Pandora.

Sin duda se trata de una utopía; pero la utopía a menudo es lo que guía a las investigaciones de la vanguardia. Así pues, existen aquí y allá, a ratos, lo que podría llamarse experiencias de susurro: así, ciertas producciones de la música post-serial (es muy significativo el que esta música dé una extremada importancia a la voz: trabaja sobre la voz, buscando desnaturalizar el sentido de ella, pero no el volumen sonoro), ciertas investigaciones en radiofonía; así también los últimos textos de Pierre Guyotat o de Philippe Sollers.

*

Esta investigación sobre el susurro la podemos llevar a cabo, mucho mejor, nosotros mismos y en la propia vida, en las aventuras de la vida; en lo que la vida nos aporta de una manera improvisada. La otra tarde, cuando estaba viendo la película de Antonioni sobre China, experimenté de golpe, en el transcurso de una secuencia, el susurro de la lengua: en una calle de pueblo, unos niños, apoyados contra una pared, están leyendo en voz alta, cada cual para sí mismo, y todos juntos, un libro diferente; susurraban como es debido, como una máquina que funciona bien; el sentido me resultaba doblemente impenetrable, por desconocimiento del chino y por la confusión de las lecturas simultáneas; pero yo oía, en una especie de percepción alucinada (hasta tal punto recibía intensamente toda la sutileza de la escena), yo oía la música, el aliento, la tensión, la aplicación, en suma, algo así como una finalidad. ¡Vaya! ¿Así que bastaría con que habláramos todos a la vez para dejar de susurrar a la lengua, de esa rara manera, impregnada de goce, que acabo de explicar? Por supuesto que no, ni hablar; a la escena sonora le faltaría una erótica (en el más amplio sentido del término), el impulso, o el descubrimiento, o el simple acompañamiento de una emoción: lo que aportaban precisamente las caras de los muchachos chinos.

*

Hoy día me imagino a mí mismo un poco como el Griego antiguo tal como Hegel lo describe: el Griego interrogaba, dice, con pasión, sin pausa, el susurro de las hojas, de las fuentes, del viento, en definitiva, el estremecimiento de la Naturaleza, para percibir en ellos el plan de una inteligencia. Y en cuanto a mí, es el estremecimiento del sentido lo que interrogo al escuchar el susurro del lenguaje, de ese lenguaje que es para mí, hombre moderno, mi Naturaleza.


                                                                             De Vers une estétique sans entraves
                                                                             (Mélangues Mikel Dufrenne).
                                                                             © U.G.E., 1975.



El susurro del lenguaje
más allá de la palabra y la escritura  pags. 99-102
Barthes, Roland
ISBN: 9788449322754
Editorial: Editorial Paidós
Fecha de la edición: 2009
Lugar de la edición: Barcelona. España
Colección: Biblioteca Roland Barthes
Nº Pág.: 428
Idiomas: Español

Hombre de la esquina rosada. Jorge Luis Borges (Fragmento).





"Al rato largo llamaron a la puerta con autoridá, un golpe y una voz. En seguida un
silencio general, una pechada poderosa a la puerta y el hombre estaba adentro. El
hombre era parecido a la voz..."




Bailar en la oscuridad. La vida, la miseria y la muerte son música.

“No hay nada más que ver…” – Selma



  



Lo primero de todo: este texto no es una suerte de reivindicación a la figura de Lars von Trier después de sus controvertidas declaraciones durante el pasado Festival de Cannes (por mí, como si dice que cada fin de semana viola a una monja, pues se ofende quien quiere, o a quien le interesa por motivos oscuros…). Ya nos contó Juan Luis desde el festival más importante del mundo lo que ocurrió, y que le gustó su última película, ‘Melancholia’ (2011). No es una reivindicación porque este gran director no necesita ya que nadie le defienda: eso ya lo hace él solo con sus películas. Y porque tenía pensado desde hace bastante tiempo escribir sobre la que con toda probabilidad es la cumbre de su cine, galardonada precisamente con la Palma de Oro y con el premio a la mejor actriz hace once años, y que se debería haber llevado el galardón por muchas polémicas infantiles que von Trier quisiera despertar, pues se trata de uno de esos filmes legendarios más allá del bien y del mal, parafraseando a Nietzsche.

‘Bailar en la oscuridad’ (‘Dancing in the Dark’, 2000) es uno de los filmes más bellos de los últimos tiempos y es algo más. Es un poema, cine revolucionario, que a diferencia de otras películas aupadas grotescamente a los altares por consenso divino, jamás ha despertado aquiescencias ni pactos de ninguna clase. Muy al contrario: se trata de un canto a la muerte capaz de alimentar desprecio, rechazo o desdén con tanta energía como convoca la vehemencia. Esto, para mí, es síntoma inequívoco de su juventud estética, pues ya dijo el gran poeta irlandés que cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo más que nunca. Y así es, realmente. Después de haber navegado por, y de haber traicionado, el voto de castidad del Dogma’95, von Trier era ya un artista más libre, lúcido, generoso y trágico que nunca, lo que se tradujo en uno de los melodramas musicales más sorprendentes, inclasificables y estremecedores que pueden verse en una pantalla.


Hacer una película musical como ‘Bailar en la oscuridad’ es lo más parecido a un suicidio sin purgatorio en el caso de cualquier otro director, pero von Trier, el loco, el repudiado, el maldito, es un puto genio, un bastardo con corazón de oro capaz de reconvertirse en cronista de toda la miseria del mundo, y de elevarla a los cielos con la voz de Björk. Filmada con cámaras de vídeo Sony (DSR-1P, DSR-PD100P, DSR-PD150, DXC-D30WSP) luego impreso en material de 35 mm. con un aspecto de 2.35:1 (para más datos, remito a ‘La dirección de fotografía (1)’), la imagen de esta obra maestra no puede ser más cutre desde un punto de vista escenográfico, superficial. Sin embargo, para quien sepa mirar (y no hay tantos como pareciera) la imagen de ‘Bailar en la oscuridad’ es de una belleza y de una altura estética indescriptibles, desoladoras, definitivas. Porque el cine es mucho más que un cuento mil veces contado. Es sueño y es perdón. Es juego de sombras que quiere ser música, secuencias como acordes, personajes como sinfonías.


Sin piedad
La historia es más o menos la que sigue: madre soltera inmigrante, checa, se instala en Estados Unidos y se pone a currar en trabajos de mierda para sacar adelante a un hijo descontento. Sabe perfectamente que en no demasiado tiempo va a quedarse ciega, y que la terrible enfermedad que la esclaviza es hereditaria y es muy probable que su hijo también la sufra. En semejantes circunstancias, su única salida espiritual es gozar con esos musicales que, según ella, mantienen proscritas la soledad, la miseria, la enfermedad y la muerte. Evasión. Opio. Pero por mucho que sueñe con esos sueños de celuloide, sabe que la vida, y la fatalidad, sigue su curso. Y Lars von Trier también lo sabe. Por eso un musical como este era necesario que algún día se hiciera, para cantar la mentira maravillosa que eran algunos musicales, y para hacer poesía con la verdad y el dolor que es la vida, esta aparición terrible que vino a sustituir a la Nada. Pero en lo terrible se esconde lo bello, y viceversa, y este cineasta es de los que saben impregnar una pantalla con eso, y sufriremos y lloraremos con Selma su atroz viaje, y sabremos que la música es el gran don de la vida.

Selma (una alucinante Björk, que encarna a la mujer vontrierana como no lo hizo ni siquiera la maravillosa Emily Watson de aquella bestial, descarnada, ‘Rompiendo las olas’, pues los ojos de esta cantante islandesa, su pequeño cuerpo y su voz, todo su ser, se erigen en expresión audiovisual inimaginable del melodrama moderno) mezcla los sonidos del mundo con su fantasía interior, y gracias a ello el mundo se convierte en un musical como aquellos que ella tanto ama. Y puede gritar sobre todo aquello que en la sociedad no se puede expresar. Y por todo esto este musical extraordinario es uno de los más grandes de todos los tiempos: porque por fin se funden en un todo forma y fondo, por fin se encuentra la excusa perfecta para convertir un drama social, una tragedia, en un espectáculo de canciones fúnebres, pues el punto de vista de la heroína es absoluto (la imagen es absoluta siempre), como debería ser siempre en el cine. Y la fotografía del grandísimo Robby Müller se hace arte con la imaginación de von Trier en cada encuadre, cada gesto.

Los preciosos secundarios interpretados por Peter Stormare (un hombre de corazón compasivo interesado por Selma), Catherine Deneuve (una compañera de trabajo y una amiga), David Morse (un patético hombre perdido, de un egoísmo monstruoso), apuntalan este discurso en contra de la pena de muerte, de la sociedad capitalista, del concepto de inmigración…y a favor de la disolución de fronteras, de la fraternidad, del perdón, del amor sin condiciones…en un estudio sobre el sonido (magistral cómo se mezcla el sonido ambiente con las fantasías musicales de Selma…), sobre los géneros del cine, sobre la puesta en escena más radical y más clásica a un tiempo. El profundo dolor que late en las imágenes de ‘Bailar en la oscuridad’ perturba y hiere…pero la clarividencia de su mirada ennoblece, dignifica y convoca lo mejor de nosotros mismos, en una lucha feroz contra el instinto de marcharnos de la sala o apagar el reproductor. Ya nunca se es el mismo después de ver esta película, puñetazo, obra de arte, o lo que sea.

Conclusión e imagen favorita
Obra maestra incomparable, que crece más y más a medida que se aleja en el tiempo. Sólo la he visto tres veces, pero es suficiente para que se me quede tatuada en la retina. Mi imagen favorita es la de esa mujer valiente lanzando sus gafas al río cuando viene el tren y diciendo que es mejor no ver más, nunca más. Imposible no llorar con esta película, pues se emociona quien puede, o a quien le interesa por motivos luminosos. Muchos dicen aún hoy que es una película tramposa, zafia, que juega al melodrama y a buscar los mejores sentimientos. Peor para ellos, no lamento que se lo pierdan.


ADRIÁN MASSANET