En la cosmovisión Malinké, el foli no es un acompañamiento sonoro de la vida: es la forma misma que toma la vida. El ritmo no aparece cuando comienza la música; ya está ahí, organizando el cuerpo, el trabajo el habla y la relación con los otros. Caminar tiene un tempo, moler grano tiene un pulso, cargar agua exige una cadencia compartida. Así el foli estructura el tiempo social: coordina esfuerzos, sincroniza cuerpos y convierte lo cotidiano en una acción colectiva. No sé trata de "hacer música", sino de habitar un orden rítmico que procede al individuo.
En este sentido el ritmo funciona como lenguaje universal, porque no necesita traducción verbal, antes de las palabras el cuerpo entiende. El aprendizaje del foli ocurre por imitación y participación, no por instrucción formal: se incorpora desde la infancia, se siente en los músculos y en la respiración. El tambor lejos de ser un instrumento aislado, articula mensajes: convoca, celebra, advierte, recuerda. Cada patrón rítmico tiene un sentido social y emocional preciso, y la comunidad lo reconoce de inmediato, el ritmo comunica pertenecia.
Arte Knbal
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