Durante la edad arcaica, la gran información sobre la concepción desarrollada en torno a la música griega proviene principalmente de las obras de Homero, Hesíodo, Platón, Aristóteles y Pseudo Plutarco.
Periodo en el que la carga mítica será determinante, al grado que hacia el siglo VIII a.C., el gran Hesíodo escribe: “De las Musas y del flechador Apolo descienden los aedos y citaristas que hay sobre la tierra”, confirmando así su origen y naturaleza divinos y ofreciendo a la posteridad una de las primeras representaciones de este arte como parte estructural del orden cósmico.
No podía ser de otra forma, Hesíodo mismo ha invocado a las musas de Helicón para que le inspiren a narrar el origen de los dioses y del cosmos en la “Teogonía”, mientras que en “Los trabajos y los días” se dedica a plasmar el acompañamiento que a la vida cotidiana daba la música. Reconocimiento que, de acuerdo con Pseudo Plutarco, el propio Homero había también realizado cuando confirmó que la música “era útil al hombre” y le servía a éste en múltiples circunstancias. Por ejemplo, cuando sirvió a los alumnos de música, justicia y medicina del sabio Chirón: Hércules y Aquiles. A este último, particularmente cuando lo ayudó a calmar su cólera contra Agamenón, evidenciando con ello que dicho arte poseía una función recreativa, pero también de estrecho vínculo con los dioses. Asimismo, en los casos de los cantores Fermio y Demódoco, al que Homero llama el “divino aedo, a quien los númenes entregaron gran maestría en el canto para deleitar a los hombres”, habiéndole concedido la Musa “un bien y un mal: privóle de la vista y concedióle el dulce canto”.
Sin embargo, la música además de ser parte toral de la cosmovisión de los griegos detentaba también una función ético cognoscitiva, ya que no sólo era vía de encuentro y congraciamiento con la divinidad sino también medio para la educación ciudadana, para la sanación de toda enfermedad y camino para alcanzar la virtud. De ahí la idea de una “ética musical” que vincula a la moral con la pedagogía, psicología y terapia, pero también la noción de la “armonía de las esferas”, eje central del pitagorismo que influyó enormemente durante el helenismo y los primeros siglos paleocristianos. Noción según la cual los astros, en su movimiento, producían un sonido armónico imperceptible para el oído humano al tiempo que reflejaban el orden matemático del cosmos.
Y es que para Pitágoras la música está estrechamente vinculada con la metafísica, con el cosmos, con los números (que son orden y proporción) y con la “arithmós” (concepción derivada de “rythmós”, comprendida como un fluir), pues tal y como lo declaró Theon de Esmirna, la música es “la armonización de los opuestos, la unificación de las cosas dispares y la conciliación de lo contradictorio”. Visiones ambas para las que la idea de armonía se erige en símbolo del orden universal que une a todos los elementos cósmicos, a todas las formas elevadas de vida y a todas las estructuras del universo, siendo el cielo mismo escala musical (“harmonian”) y número. Razón por la que para entender a la armonía universal era necesario estudiar a las relaciones musicales. Veamos por qué. De acuerdo con Pitágoras, originario de Samos, Dios (Demiurgo) creó al cosmos (orden), mundo de los dioses y de los hombres y fundamento de la manifestación del logos. No obstante, para conocerlo requería de la interpretación numérica a fin de lograr su trascendencia, siendo sólo a través de la música su comprensión, en la medida que los intervalos musicales permiten comprender las proporciones matemáticas, por lo que la “armonía de las esferas” era el reflejo del orden matemático del cosmos.
Teoría que fundamentó el filósofo a partir de su antiguo monocordio, instrumento musical de una sola cuerda, gracias al que pudo determinar la existencia de relaciones matemáticas entre los diferentes sonidos de la escala musical. Fenómenos interválicos generados como resultado de la emisión de un sonido fundamental que recibieron, desde entonces, el nombre de “armónicos” y al suponer que los astros celestes estaban igualmente separados por distancias cuya longitud era similar a las que tenían los intervalos de las notas del monocordio, arribó a la conclusión de que todo movimiento sideral implicaría igualmente la producción de un sonido musical, bello y armónico, aunque no necesariamente audible al hombre. Sin embargo, al ser extendidos sus postulados al conocimiento del alma humana, el mismo filósofo concluyó que las matemáticas y la música podían sanar o enfermar al alma, de ahí su definición como “la medicina del alma” que retomará Platón y, siglos después, Boecio al afirmar que los intervalos musicales estaban relacionados con la moralidad y con la naturaleza humana.
Con el paso de los siglos, estos postulados serán rescatados en el Renacimiento, que valorará los efectos de la música en la respiración, presión sanguínea, actividad muscular y digestión, dando origen así a una nueva corriente no sólo ideológica y artística sino ante todo terapéutica. (Continuará)
Betty Zanolli
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