Dentro de la historia de la música occidental, fue la cultura griega uno de sus principales pilares, ya que su impronta no sólo influyó en Occidente a través de la civilización romana en los ámbitos filosófico, cosmogónico, psíquico y pedagógico.
También lo hizo desde su perspectiva artística, particularmente musical, organológica y dramatúrgica. De ahí que la música para los griegos, además de haber constituido un arte libre e independiente, haya sido elemento esencial en la conformación espiritual intangible del pueblo heleno, desde el momento en que su propia génesis estaba íntimamente vinculada a su cosmovisión y a sus mitos. Prueba de ello es el mismo vocablo, cuya etimología latina deriva del vocablo griego “mousiké”, es decir, el arte relativo a las musas.
En este orden de ideas, un mito clave de Grecia y Roma, adoptado luego por Occidente, fue el de Orfeo, al que Íbico y Píndaro denominan “el padre de los cantos”, músico y poeta representado siempre con la lira, cuya principal función simbólica será la de poner en relieve el poder transformador de la música, tal y como Orfeo lo comprobó cuando cautivaba y conmovía lo mismo a las bestias feroces que a las piedras, a los hombres que a las sirenas, al dios de los muertos que a la Naturaleza en pleno.
Pero ni Orfeo ni las musas son los únicos personajes vinculados estrechamente con la música. La cosmovisión griega está impregnada de elementos musicales de principio a fin. Un ejemplo fueron Marsias, Hyagnis y Olimpo, reconocidos intérpretes del “aulós” (flauta). Instrumento que interpretaba Atenea, quien lo había creado (a la par que a la trompeta) para imitar el treno funerario de Medusa, pero al ver cómo su rostro se deformaba al hacerlo, lo arrojó lejos hasta que el sátiro sileno Marsias lo encontró, descubriendo que tocaba solo recreando las melodías de la diosa. Olimpo, por su parte, además de ser un destacado alumno de Marsias, fue admirado por Aristóteles, quien estaba cautivado por sus cantos funerarios elaborados en la escala enarmónica, en tanto que a Hyagnis, otro notable aulista, se le considera introductor en el aulós del modo frigio.
Otros orígenes divinos de los instrumentos musicales los encontramos con la siringa, atribuida a Pan, quien la construyó usando las cañas en que la ninfa Siringa se convirtió al huir de él gracias a la ayuda de las náyades, ya que al escuchar el viento pasar por ellas y pensar que eran sus lamentos, decidió unir los fragmentos con cera, conservándola cerca de sí desde entonces. A Hermes se le adjudica la lira, que entregó a Apolo en un intercambio, convirtiéndose en el instrumento preferido de éste, que a su vez es también reconocido como creador de la cítara, sobresaliendo entre los grandes tañedores de ambas Arión de Lesbos: hijo de Poseidón y de la ninfa Oncea, a quien se debe la creación de los ditirambos o cantos en honor a Dionisos y antecedentes directos de la tragedia, así como Eumolpos de Tracia, cuyo nombre significa la “verdadera melodía”. Fundador de los ritos eléusicos, fue padre del médico adivino Museo y maestro del inmortal Orfeo. Por lo que respecta al tambor, a los “krotala” y a los címbalos, se cree que su creadora fue Cibeles. En cuanto al “barbiton” (variante de la lira), se atribuye a Terpsícore, y la “salpinx” (trompeta de guerra), a Hermes y Atenea.
Sin embargo, con el paso del tiempo fue el aulós el que se vinculó cada vez más con los cultos dionisíaco y cibelino, y la lira con el de Apolo, convirtiéndose ambos instrumentos en los preferidos tanto de la juventud ateniense como espartana. Dualidad estética que pronto dividió a Grecia en dos tendencias: la apolínea, suave y profunda, encarnada por la lira, y la dionisíaca, festiva y desenfrenada, representada por el aulós, tal y como lo registrará el propio Nietzsche.
Finalmente, las musas, hijas de Zeus y Mnemósine, patronas de artes y ciencias, música y poesía: Calíope (la de la bella voz), musa de la poesía épica, narración y elocuencia, portaba una trompeta mientras aconsejaba a los dioses; Clío (la que alababa y ofrecía gloria), musa de la historia, usaba una cítara con plectro; Erato (la amorosa), musa de la poesía lírica-amorosa, una pequeña lira; Melpómene (la melodiosa), musa de la tragedia y del canto, un aulós; Polimnia (la de los muchos himnos), musa de los cantos sagrados y poesía sacra, tocaba la lira, al igual que Talía (la festiva), musa de la comedia y poesía bucólica; Terpsícore (la que deleita con la danza), intérprete de poesía coral, creó el “barbiton”, una especie de lira; Urania (la celestial), musa de la astronomía, se consagró a la poesía didáctica y las ciencias exactas, y Euterpe (la placentera), la musa por excelencia de la música, quien tocaba el doble aulós.
Figuras míticas, vinculadas al canto, estaban relacionadas con Apolo en su advocación de Apolo Musageta como director de su coro. Hijo de Zeus y Leto, hermano de Artemisa, era el dios de la belleza, perfección, armonía, equilibrio, razón, arte y música en particular. Dios mayor que portaba por ello siempre una lira, y a quien le acompañaba una cigarra, como símbolo de dicho arte.
Betty Zanolli
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